Ayer fue un domingo igual a todos los últimos domingos de este año. Desperté; desayuné a una hora que sería más propia de la comida; miré los últimos quince minutos del partido del Real Madrid (¡qué mal juegan!); y después leí con discreción.
La diferencia de este tranquilo domingo con cualquier otro es simple, en la tarde fui invadido por una felicidad intensa. Tanta que alcanza para mantenerse este día.
¡Qué bien se siente la felicidad!
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lunes, marzo 21, 2005
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